Fast Five (Justin Lin, 2011)   Leave a comment

El caso de The Fast and The Furious es bastante extraño en el panorama de Hollywood, puesto que la sucesión de entregas no supone un descenso de producción, estrellas y calidad, sino que ha ido alternando entregas con mayor y menor impacto mediático de manera impredecible. La primera película fue un éxito descomunal que se aprovechaba del auge de la cultura del tunning y del reggaeton para encontrar un público fiel. Era una película simple y directa, pero también realizada con profesionalidad. Una versión actualizada de Point Break, de Kathryn Bigelow. Los productores pronto idearon una secuela, aunque se encontraron con la negativa del director Rob Cohen y la estrella Vin Diesel, que se marchaban de la franquicia para realizar xXx. Así, en esta segunda entrega, únicamente sobrevivió la co-estrella Paul Walker. La película fue menos dramática y tenía un punto de distanciamiento irónico. El director era John Singleton, el director que había empezado su carrera con voluntariosos dramas sobre las comunidades afroamericanas (en el año 92 llegó a estar nominado al Oscar en las categorías de guión y dirección) y que se había asentado como director de segunda fila en Hollywood. 2 Fast 2  Furious era mucho más desprejuiciada, incluso cómica. Una buddy movie con un policía serio y dedicado y otro bocazas y fanfarrón. Las carreras de coches sobrepasaban el surrealismo y convertía a los bólidos en manchas de colores que atravesaban carreteras nocturnas sin ninguna preocupación por la veracidad.

Tokyo Drift fue el punto más bajo de la saga. Una película mucho más pequeña, realizada en Tokio, sin estrellas de las películas anteriores y donde el tema de agente encubierto en medio de carreras de coches ilegales ya empezaba a resultar cansino. Sin embargo, los máximos responsables de esta entrega, el director Justin Lin y el guionista Chris Morgan, serán los encargados de resucitar la saga en la cuarta parte. Un cameo de Vin Diesel al final de Tokyo Drift, anunciaba el regreso del actor a la serie que más fama le había dado. Fast & Furious no decepcionó. De nuevo en Los Ángeles, como la primera entrega, y con todos los protagonistas originales, supo construir una historia dramática, de muerte, amor y venganza, sin perder las señas de identidad de la saga: trama de policías encubiertos y carreras con coches tuneados. El modelo dejó de ser Point Break, siendo la nueva película a imitar el Miami Vice de Michael Mann.

Rio Heist, la quinta entrega, intenta el más difícil todavía. Reunir a personajes de todas las películas anteriores en una película donde desaparece por primera vez el leit-motiv del policía encubierto en una organización criminal. Tomando la base de una especie de Ocean’s Eleven, formado con protagonistas de todas las entregas, Rio Heist parece prescindir también de las carreras de coches, muchas veces introducidas casi con calzador. Así, el mayor valor de esta entrega parece ser la acumulación de personajes ya conocidos por el espectador y la relación entre ellos, además de la incorporación de algunos nuevos, como Dwayne Johnson o Elsa Pataky. Un cóctel excesivo que termina por convertir la película en una sucesión de sketches en el que se intenta definir a cada uno de los protagonistas con un par de trazos. Ante la total ausencia de desarrollo dramático, de cambios importantes en la estructura fundamental de la serie (Diesel, Walker y Jordana Brewster), la película se entrega a lo que mejor sabe hacer: la acción pura y dura.

Rio Heist tiene los momentos más espectaculares de toda la saga. Quizás la escena de la fuga de Vin Diesel no es tan pirotécnico como el inicio de la cuarta entrega, pero alcanza una intensidad nunca vista en el robo al tren, en el que Diesel y Walker terminan precipitándose al vacío de un precipicio a lomos de un deportivo. Pero nada como la escena final, en la que los dos protagonistas, cada uno con su coche, cargan con una pesada caja fuerte, tirada por los coches gracias a unos cables mecánicos, que utilizan, a lo largo de una persecución por todo Rio de Janeiro, para deshacerse de los coches de policía que tratan de capturarlos. Aquí se encuentra el mayor logro de la película, porque mediante el montaje y el ritmo frenético, Justin Lin se las arregla para que todo resulte creíble: que una caja fuerte de varias toneladas se desplace al son que le marcan los giros de volante y los frenazos de los bólidos que tiran de ella. Totalmente imposible, pero ahí se encuentra la grandeza del cine de Hollywood, que consiga que creamos estas cosas. Entre esta persecución final y la que había en North by Northwest, con Cary Grant jugándose la vida en el Monte Rushmore, no hay mucha diferencia.

Esta espectacularidad hay que atribuírsela a Justin Lin, pero también a su director de segunda unidad, Alexander Witt, el hombre que lleva una década apareciendo en las películas de acción más originales de los últimos años: Gladiator, The Bourne Identity, xXx, Casino Royale y ahora Fast Five. Curiosamente, los dos primeros trabajos de Witt fueron como asistente de cámara de Ingmar Bergman en The Serpent’s Egg y de Rainer Werner Fassbinder en Die dritte generation. Sus créditos incluyen también películas de directores como Sam Fuller, Paul Verhoeven, Steven Spielberg o John McTiernan. También dirigió Resident Evil Apocalypse, una película de serie B de pura explotación de la saga de videojuegos, a medio camino entre el esperpento de efectos especiales y la profesionalidad y originalidad, algo que siempre ha tenido en cuenta este director, a la hora de ubicar la cámara, de utilizar objetivos diferentes a los que estamos acostumbrados o de su siempre efectiva manera de utilizar el escenario como un personaje más de la acción. La escena final de The Bourne Identity, rodada sin excesos en la escalera de un piso parisino. La célebre batalla en el bosque del inicio de Gladiator. El asombroso comienzo de Casino Royale, una frenética persecución parcour. Todas obras de este oscuro director de segunda unidad.

Esta es la impresión que deja Fast Five. La de ser una película donde el músculo y el acero importan más que cualquier otra cosa. Si la película no funciona todo lo bien que tendría que funcionar es porque a veces reniega de esos dos conceptos e intenta alcanzar una profundidad y desarrollo dramático que nunca llega. Esta quinta entrega no deja de ser la enésima película de Hollywood en la que un grupo de americanos actúa con total impunidad en un país extranjero. La semana pasada, se conoció la noticia de la muerte de Bin Laden y cómo EEUU había entrado en un país extranjero para realizar una misión militar sin permiso alguno. En Fast Five, el agente especial que interpreta Dwayne Johnson, decide tomarse la justicia por su mano y asesinar al mafioso brasileño responsable de la muerte de sus compañeros. La facilidad con la que aprieta el gatillo, sin preocuparse por lo que está haciendo, es escalofriante y consigue que esta película diga bastante más del mundo en el que vivimos que muchas otras que se ganan el respeto de la crítica.

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Publicado 10 mayo 2011 por Nick en Uncategorized

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