
No me considero un experto en la obra de Sidney Lumet. Seguramente no habré visto ni siquiera la mitad de su extensa filmografía. Además, muchas de las que he visto no son precisamente honorables. Sin embargo, siempre he mantenido con su obra y legado una enorme admiración. Lumet es de esos directores americanos de tendencia liberal que nunca fueron aupados por grupos progresistas de Hollywood porque su discurso posiblemente era demasiado agresivo, o demasiado cínico para comulgar con ruedas de molino. Esta semana hemos tenido un ejemplo de esto: Sean Penn y otros mal llamados progresistas de Hollywood asistiendo a la fiesta privada organizada por el muy humanista Emir de Qatar.
Las mejores películas de Lumet no proponen críticas sensacionalistas que estamos acostumbrados a ver en el cine. Tampoco utilizan al personaje heroico que hace frente a las dificultades para terminar triunfando en un mundo lleno de corrupción. En el fondo, creo que sus grandes películas de lo que tratan es sobre lo que consiste vivir en América, en Estados Unidos, un país cuya mayor tradición es la Ley, a través de la Constitución, ese documento que funda la nación. En Serpico, el protagonista interpretado por Al Pacino se convierte en un paria por llevar hasta sus últimas consecuencias la imposición de la ley. En El príncipe de la ciudad, la que en mi opinión es su mejor película, otro policía decide trabajar como agente encubierto para desenmascarar las mafias de narcotraficantes entre la policía. Lo hace en contra de su voluntad, empujado por asuntos internos. Lumet enfrenta la ley como teoría frente a la ley como experiencia, la lealtad hacia un país frente la lealtad hacia sus compañeros, incluso hacia sus propias ideas. En esa lucha, caerán muchos amigos, muchos buenos policías que, sin embargo, se aprovechaban de su situación privilegiada. Lumet era un director sin un estilo muy identificable, pero en sus películas sobre policías fue puliendo a lo largo de los años un estilo aséptico, sin estridencias, sin piruetas, basado en el plano largo puramente descriptivo. Todavía era espurio en Serpico, una película muy condicionada por su extensa línea narrativa y por la música de Mikis Theodorakis, demasiado invasiva. Poco antes, con The Offence, hizo su película más nerviosa formalmente. Inolvidable el primer plano secuencia que recorre los pasillos de una comisaría que parece salida de una pesadilla. La película, que gira alrededor de un policía que se salta todas las normas para atrapar a un asesino pedófilo, muestra un mundo totalmente desquiciado, con encuadres imposibles y una fotografía llena de colores graves.
En la oscuridad se mueve también El príncipe de la ciudad, que supone claramente su madurez, tanto temática como estilística. Es una oscuridad diferente. Ahora es una oscuridad lánguida, digna de un blues. Muestra del estado de ánimo de un protagonista que, obligado por las circunstancias a provocar la caída de sus amigos, termina siendo marginado por todos, incluso por sí mismo. Los planos secuencia ya no son agresivos, sino tristemente lentos y elegantes.
La siguiente entrega de la saga de policiacos de Lumet fue Q & A (llamada en España Distrito 34: corrupción total). La película cambia al policía protagonista de las películas anteriores por un ex-policía metido a magistrado del distrito, encargado de hacer una vista rutinaria de un caso en el que un policía carismático asesina en defensa propia a un narcotráfico. Sin embargo, lo que empieza siendo mero papeleo termina escondiendo una red de corrupción que se extiende hasta altas esferas y muchos años atrás en el tiempo. Pero, indirectamente y sin recurrir al habitual tono discursivo del cine “comprometido” de Hollywood, también muestra toda una serie de conductas racistas y vejatorias que permanecen arraigadas no solo en la institución policial, sino en toda la sociedad, incluido el propio magistrado.
La depuración de estilo que Lumet venía llevando a cabo a lo largo de los años, de manera irregular, posiblemente alcanza aquí su cumbre. En un vistazo rápido, Q & A puede parecer incluso televisiva, pero fijándose bien, lo que muestra es la mano magistral de este director para el plano secuencia de larga duración, en cámara fija. Uno de los mayores ejemplos es el del primer encuentro entre el capitán Michael Brennan (el policía que ha asesinado a un narcotraficante, interpretado por Nick Nolte con su habitual presencia física) con el protagonista, el asistente del fiscal Al Reilly. Se trata de una escena en la que Brennan se encuentra con sus compañeros de comisaría hablando distendidamente sobre un caso peculiar que le ocurrió en el pasado. Nolte se mueve de un lado a otro del plano, escenificando la anécdota, mientras otros policías lo miran atentamente. El plano dura varios minutos, pero al revés que muchos otros directores, Lumet no hace evidente la ausencia de corte, no intenta convertirlo en un gran plano, sino que lo introduce siempre de manera cotidiana.
Propone también un enfrentamiento generacional, entre los que han aceptado cómo funciona el sistema y se benefician de él, y aquellos que están empezando y creen que pueden cambiar las cosas. Al Reilly (Timothy Hutton) es diferente al Serpico de Pacino o al Daniel Ciello (Prince of the City) de Treat Williams. Mientras ellos aceptan su marginación y se recluyen en su interior, Reilly trata de cambiar las cosas, fruto de su espíritu juvenil, de su creencia en los valores americanos. Sin embargo, terminará igualmente derrotado por los mecanismos de autodefensa del sistema, una América gigantesca que no para de crecer y de engullir a sus ciudadanos. Los Estados Unidos de Q & A son un país con un funcionamiento tan complejo, con una burocracia tan inmensa, que cualquier intento de cambio, de revolución, es reducida sin problemas.
Esta idea la recoge Lumet para su última película sobre los policías de Nueva York. De título claramente elegíaco, La noche cae sobre Manhattan (Night falls on Manhattan) es un noir totalmente infravalorado. Cuenta, al igual que Q & A, la historia de un abogado, hijo de una familia de policías, que, como parte de una campaña electoral, consigue un puesto como fiscal del distrito. Allí, tendrá que decidir entre sacar a la luz la corrupción del sistema (del que se benefician sus amigos y su familia) o aceptar la situación y ser uno más de los que se benefician del mal funcionamiento de las cosas. Es una obra que no alcanza ni la gravedad ni la contundencia estética de los dos policiacos anteriores, tiene un estilo más ecléctico, aunque sí demuestra su amor por la ciudad, a través de sus conversaciones en los parques y los rascacielos de la metrópolis neoyorquina.
La noche cae sobre Manhattan se puede considerar el testamento fílmico de Lumet en cuanto a que las ideas que desarrolló a lo largo de toda su filmografía (la ley enfrentada a la familia, el choque entre los tres poderes que rigen la democracia) se manifiestan en esta película con una claridad que jamás se volvería a repetir en sus películas restantes, pese a que entre ellas hay algunas bastante interesantes. Critical Care es una comedia satírica que gira alrededor de los problemas del sistema sanitario americano, pero que Lumet trasciende hasta convertirse en un tratado acerca la aceptación de la muerte en la sociedad contemporánea. En Strip Search volvió hacia un estilo más maniqueo (algo que caracteriza a las películas más famosas de Lumet: 12 Angry Men, The Hill o Network), que le sirve al director para ofrecer una crítica agresiva para desenmascarar las fallas de la democracia americana tras el 11 de septiembre y la guerra contra el terrorismo. Una pequeña película para televisión que compara el caso de una americana secuestrada por los servicios de inteligencia chinos y el de un árabe detenido por la CIA, para llegar a la conclusión de que su situación es bastante similar.
Lumet fue un hombre que siempre se aprovechó del star-system de la época. Desde Henry Fonda y Marlon Brando hasta Vin Diesel, pasando por Sean Connery, Al Pacino, Paul Newman o Sharon Stone. Sin embargo, Prince of the City, Q & A y La noche cae sobre Manhattan, repletas todas ellas de grandes actores, carecen de estrellas y posiblemente sean sus películas más valiosas. Las tres basadas en obras literarias escritas por ex-magistrados del distrito de policía de Nueva York (Robert Daley en la primera y la tercera; Edwin Torres en la segunda) y todas ellas adaptadas por el propio Sidney Lumet. Son, en mi humilde opinión, el mayor legado que nos deja este gran e irregular director de cine.
Prefiero serpico, de cualquier forma buen analisis